Cerrar una casa no es cosa de todos los días

18.05.2023

Cerrar una casa no es cosa de todos los días. No podría serlo. Pide mucho de nosotros para hacerlo más seguido que una eventualidad. Debería considerarse peor que terminar una relación, porque es incluso más grande que ello. Te estás despidiendo del mayor producto y expresión de tu vida interior. Tu casa es una performance de tu vida que dura mientras estés en ella. Involucra tu pasado y lo va modificando a la par tuya de forma de representarte aún mejor que vos mismo. Y le decís adiós a ello y a todo lo que la rodea para crear algo quizá similar pero nunca igual. Por esto, si partir es morir un poco, no quiero morir más de la cuenta.
Para cerrar una casa te volvés muchas personas a la vez: un contador, un mucamo, un jugador profesional de Tetris e, inevitablemente, un ser sentimental que recuerda todo lo que ha sucedido aquí y debe cerrarse de sus propios pensamientos para poder continuar con la tarea. Te olvidás de qué tan pequeña es, de sus goteras que nunca se han podido reparar, de la parte del techo que se cayó y ya no valía la pena arreglar, pero todo termina teniendo su justificación porque a cada pensamiento racional vienen tres recuerdos al rescate.
Cerrar una casa no es solo entregar la llave, es entregar los recuerdos de la primera vez que fuiste libre, en el que construiste un espacio por vos mismo en el mundo a tu imagen y semejanza. El problema es que tu imagen cambia, ya no es suficiente para representar todo lo que podés dar y ser. Es una caparazón que te incomoda por los costados, tu cuerpo hace presión para salir y al verlo desde afuera la sola idea de marcar una distancia entre vos y este presente vuelto pasado es un choque, porque es una parte de vos que dejas allá dentro.
Los cambios que movilizan son necesarios. Las decisiones más difíciles son las que ya están tomadas realmente, porque cada fibra de tu cuerpo te indica que es lo que hay que hacer. Apretar el gatillo siempre es lo más duro. Pero aquí, luego de ello, debés convivir con el muerto un poco más. A este muerto que amabas debés desvalijarlo, tomar lo que creas conveniente de él, sentir cómo cambia el aire al retirar los objetos como una expiración y recién ahí alejarte, viendo cómo el mismo desde afuera es solo una cáscara vacía, de la que te llevas una parte de su interior y repartís lo demás.
Por esto, cerrar una casa es agridulce: el sofá que no va con el nuevo lugar te llena de nostalgia, con pensamientos de cuando vino la primera chica y le rompieron una pata por "sentarse fuerte", como dijiste al llevarlo a reparar; la mesa, llena de señales de uso por tantas cenas, trabajos, tanta vida, no combinaría con nada y tiene que quedar atrás también; incluso la biblioteca, una representación de todo: la biblioteca que soy yo porque es la combinación perfecta de lo que me ha formado pero a la que no le cabe lugar para un libro más. Yo necesito ese espacio, pero ese espacio trae un vacío consigo. No hay certeza de poder volver a llenarlo, solo hay que probar. No queda otra posibilidad.